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Los eternos inventores del lejando oeste: The Flaming Lips

por Nicolás Baeza
22 diciembre 2008
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Wayne Coyne y sus secuaces en la pictografía lisérgica

Wayne Coyne y sus secuaces en la pictografía lisérgica

Una tarde Wayne se dirige a la casa de Mark Dillon, un vendedor de excentricidades y productos novedosos. Allí le comenta sus nuevas ideas. “Estoy pensando en los punteros láser” -más de una decena le cuelgan del cuello-. Él especula que el efecto de un puñado de láseres apuntando al público desde su chaqueta puede llegar a ser incluso más popular que el mismísimo papel picado. “También estoy pensando en ropa interior que vibre”. Podría ser que un dispositivo vibratorio colocado al interior de los calzones y activado por control remoto desde el escenario haga de un concierto una experiencia sumamente placentera e inolvidable. ¡Imagina las caras de esas mujeres observando el show! Al término de la presentación habría una excitación bastante visible en las chicas. ¿Quién diría que no fue un buen espectáculo entrevistarlo a la salida? Ni los hombres se atreverían.

Ahora, Wayne Coyne está cargando docenas de bolsas de papel picado en la parte trasera de un camión bastante anticuado. Le siguen los innumerables equipos, cables e instrumentos. “Estamos tratando de hacer una mujer inflable, tal vez embarazada, pero con las piernas abiertas, y cuando salgamos al escenario le sacan los calzones y nosotros aparecemos por su orificio vaginal”. La verdad es que me lo imagino y pienso en que la revista Q no pudo ser más acertada en elegir a Los Flamings Lips como una de las bandas que hay que ver antes de morir.

Esa noche los bailarines estaban disfrazados de viejos pascueros, extraterrestres y dibujos animados. Incluso la esposa de Wayne bailaba detrás de la banda, mientras su marido disparaba una serpentina gigante, y las luces de colores infinitos y penetrantes reflejaban una lluvia de papel picado intensa e incesante.
El aspecto de Wayne Coyne se parece más un científico loco que una estrella de rock. Su look desaliñado y retro parece más bien sacado de una película de los 40’, o del video “Tonight, Tonight” de los Smashing Pumpkins. Eso sí, a nadie podría pasársele por la cabeza, al verlo, que es el lìder y compositor de una de las bandas de indie-pop más relevantes de las últimas dos décadas. Coyne es de esos tipos que puedes encontrarte en la calle caminando, cargando bolsas del supermercado atiborradas de cinta aislante o trapeando la entrada de su humilde casa, ubicada a un par de cuadras de la morada que lo vio nacer, en un barrio medio bajo de Oklahoma.

Los Flaming Lips respiran psicodelia y atrevimiento. Todo en ellos huele a estos conceptos recurrentes y deseados en la historia musical del pop y del rock. Su estética, sus conciertos y su abultada discografía. Incluso en sus entrevistas y declaraciones, Coyne disfruta del estatus que significa ser ellos mismos para expresar sabrosamente lo que piensa: “¿Beck?”, “él es una diva obsesiva por la imagen”; “él no es un fanático, si así fuera te lo diría, no es lo suficientemente despierto”. Es que los Flaming Lips supieron encontrarse con una identidad poderosa y muy propia; que hoy, y a diferencia de sus inicios apegados a los clásicos de los 60’ e incluso al punk, los tiene en un sitial bastante envidiable.

Cantando sobre gestas robóticas o científicos solitarios

Cantando sobre gestas robóticas o científicos solitarios

La historia comenzó como Coyne siempre lo imaginó. El lugar, una iglesia de la ciudad. ¡Un inicio de película! Claro, Wayne Coyne, Mark Coyne (quien abandonó el grupo y fue sustituido por Steven Drozd) y Michael Ivins no se aprestaban a confesarse ni a cantar en el coro de la misa; no, su presencia se debía a que se disponían a asaltar el templo. El motín, todos los instrumentos que había dentro de ella. De ahí en adelante, nadie los paró. A su debut The Flaming Lips (1985), le sigue Hear It Is (1986), Oh My Gawd (1987), Telepathic Surgery (1989) e In A Priest Driven Ambulance (1990), todos ellos de corte bastante psicodélico y a ratos folk, cuya edición estuvo a cargo de un pequeño sello independiente llamado Restless Records. Es en la época Warner donde se empieza a ver el desarrollo de los Lips; Hit To Death In The Future Head (1992), Transmissions From The Satellite Heart (1993) y Clouds Taste Metallic (1995) anticipan el complejo abanico sónico que venía. En Zaireeka (1997) la excesiva excentricidad de Coyne y compañía es capaz de construir un álbum imposible de reproducir; a no ser que poseas equipamiento cuadrofónico. La gracia se encuentra en que es un disco cuádruple que debe escucharse simultáneamente.

Su siguiente trabajo, The Soft Bulletin (1999) viene, de alguna manera, a consagrar 16 años de ininterrumpida creación. Un pop depurado y grandilocuente, cuya instrumentalización demuestra una evolución fascinante y peligrosa. Los oriundos de Oklahoma juegan ahora a convertirse en los magos de un pequeño mundo de fantasía que parece sacado de otro planeta. Tres individuos bautizados en una pequeña orquesta, y una crítica que tuvo que arrodillarse ante su efecto terapéutico, realmente perturbador, eligiéndolo como el mejor disco del año: “Quizás en el contexto de The Soft Bulletin todas las canciones suenan grandes y complejas, pero no creo que lo sean tanto. Quiero ser complicado, pero también simple, quiero ser dramático pero también normal… somos impredecibles, a lo mejor avanzaremos en distintas direcciones al mismo tiempo” (Coyne).

Tres años más tarde, Yoshimi Battles The Pink Robots (2002) completa la trilogía esencial de los Flaming Lips. Esta vez más apegados a la electrónica, pero igualmente mágicos. Una historia de melancolía y desesperación camuflada en un cuento coloreado en dibujos animados… “cuanto más trataba de cantar cómo me destruía el universo” señala Coyne, “sobre lo oscuro y misterioso que es el universo, más parece que valía la pena que me escucharan”.

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