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La encantadora levedad del ser

por César Garcés
15 diciembre 2008
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Eternamente incómodo y fuera de lugar

Eternamente incómodo y fuera de lugar

Bajo la sombra de las obras maestras del cine -aquellas que son nombradas en todos los rankings- descansa el riquísimo universo de las películas menores. Una horita y algo más de metraje que probablemente no cambiarán la vida del espectador o su visión del séptimo arte. Costará un par de segundos evocar alguna escena, citar diálogos o recordar la música. Pero están realizadas con hábil artesanía, y con tanta sensibilidad que dejarán también en el alma la huella de su patita pequeña junto a las monstruosas pisadas de sus hermanas mayores.

Lúcido y cáustico columnista cinematográfico, Francois Truffaut, antes de lanzarse a filmar, se trenzó en batallas con cuanta figura francesa –cineastas y periodistas- le pareciera digna de acribillar. Entre las insignes se cuentan el hasta entonces respetado crítico francés George Sadoul y el director Henri-Georges Clouzot (Les Diaboliques, 1955). Su paso a la silla del director dejó con la bala pasada a las hienas que esperaban desgarrar carne ante el seguro fracaso del bocazas. Todo esto tras despacharse la cinta Los 400 Golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959), referente obligado para cualquiera que se acerque a una butaca. Como todo niño, la vida de Antoine Doinel (Jean Pierre Léaud) está regida de pies a cabeza por la dictadura de los adultos. Un muro helado e infranqueable ante el cual el único refugio es la camaradería con sus pares o, más radicalmente, la soledad más absoluta.

Pero esta no sería la única aventura de Antoine Doinel. Las andanzas de este alter ego de Truffaut-Léaud continuarán para conformar una saga algo inusual, ya que en ocasiones parece ponernos frente a protagonistas similares pero insertos en películas absolutamente distintas. Allí donde Los 400 Golpes y Antoine & Colette (1962) son historias que se podrían considerar neorrealistas, por lo melancólicas y agridulces, Besos Robados (Baisers Volés, 1968) cuenta una comedia romántica ligera y entrañable; Domicilio Conyugal (Domicile Conjugal. 1970) es un drama matrimonial con pinceladas surrealistas y Amor en Fuga (L’Amour en Fuite, 1979) –tal vez la más débil del trencito- narra un viaje más críptico e individualista hacia el colapso de la búsqueda de romance.

Investigador voluntarioso, pero no demasiado sagaz

Investigador voluntarioso, pero no demasiado sagaz

Besos Robados comienza cuando el veinteañero Antoine es deshonrosamente dado de baja del ejército por pavo e indolente. Con un poquito de carisma, de inteligencia media-baja, con papeles manchados y pocos prospectos, vuelve a la ciudad para insertarse en la vida normal. Esto es, tratar de encontrar trabajo y reconquistar a su novia de juventud, Christine (Claude Jade). Un puesto de investigador privado lo pondrá en contacto con todo el abanico de las mini conspiraciones cotidianas que tiene la vida para ofrecer. Las infidelidades, mentirillas, odios y pelambres a diestra y siniestra. Una existencia normal sin demasiados altibajos ya alcanza para ulcerar a los clientes de la agencia Blady y gastarse el dinero en averiguar dolorosas verdades, para después encontrar que no hay solución posible, salvo rabiar y patalear.

Encierro en calabozos militares, tratos con un jefe nazi, inestabilidad laboral, amor esquivo y la visita de la muerte bien podrían conformar un doloroso drama. Pero Doinel se toma la vida como un vasito de leche –nosotros le seguimos- y la película resultante de esto es una divertida comedia que trivializa y le pega cachamales a uno de los más grandes cucos del humano moderno: el fracaso.

Cómo enmantequillar tostadas quebradizas. Valiosa lección de vida

Cómo enmantequillar tostadas quebradizas. Valiosa lección de vida

Antoine aprovecha el período de cárcel para leer a Balzac, se toma el tiempo para fumarse un pucho con un viejo zorro que acaba de manipularlo hasta dejarlo sin pega y abandona un cortejo fúnebre para simplemente darle una miradita al horizonte. Cuando Doinel tropieza se da hocicazos de los buenos pero se para con gracia chaplinesca. Al fin y al cabo, su camino es el mismo por el que pasamos todos. El eterno paso del tiempo, de ir cumpliendo año tras año y no llegar nunca a transformarse en aquello que prometía ser la adultez: una persona grande y fuerte, que sabe perfectamente lo que hay que hacer, con la autoridad moral para impartir órdenes y castigos. Tras haberse convertido en mayor de edad, Doinel sigue tan separado esa condición como cuando era un niño en blanco y negro.

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