Del porqué de nuestra soledad
15 diciembre 2008 2 comentarios
Al llegar el mítico 1967, fueron muchas las explosiones musicales que brotaron, que luego se bifurcaron por “caminos de tierra” e inhóspitos pasajes de nuestra percepción auditiva. Ya sea con el “Sargento pimienta” de los cuatro de Liverpool, el debut en solitario de uno de los más geniales frontmans de la historia, Scott Walker; el “Piper At The Gates Of Dawn” del Pink Floyd mas dementemente psicodélico, un melodioso “Forever Changes” de Arthur Lee y sus amigos; con el folk de Tim Hardin y su número 2 y- ¿por qué no?- el debut discográfico de Víctor Jara, un hito indiscutido en la música chilena.
Es a finales de aquel año -27 de diciembre- en que Leonard Cohen pone a prueba la vida bajo un nuevo prisma: el suyo. El cantautor publicó su primer disco a los 33 años, cosa lo suficientemente valiente como para ganarse una primera audición. Después de sobrevivir como escritor y poeta, Cohen decide musicalizar sus poesías tras la recomendación de un amigo. Ahí comenzó todo. “The Songs of Leonard Cohen” (1968) es un álbum repleto de sentimientos salvajes y puros, que generaría un prematuro estigma en la carrera del canadiense; se dice por ejemplo, que el disco fue tildado bajo la insignia de “Folk nihilista”, para la risa. Es solo cosa de escuchar “Suzanne” o “The Stranger Song” y pareciera no ser necesario saber inglés, la frágil y profunda voz de Cohen lo dice todo. Una sensación de belleza universal.
Luego de un criticado segundo álbum, Songs Of A Room (1969) -el cual personalmente creo que es un disco hermoso en sentido lírico y armónico-, Cohen se ve enfrentado al sentimiento de entregar algo nuevo. Es ahí donde comienza a gestarse “Songs Of Love & Hate”.
Al igual que en su placa anterior, tras la mesa de sonido podremos reencontrar al productor Bob Johnston, uno de los más importantes “mueve perillas” de la historia musical contemporánea. Solo hay que recordar su trabajo con Dylan, Highway 61 Revisited (65’), Blonde On Blonde (66’), John Wesley Harding (67’), con Simon & Garfunkel (Sounds Of Silences (66’) y Johnny Cash (At Folsom Prison (68’), At Saint Quentin (69’), I Walk The Line (70’).
La guitarra acústica de Leonard se hace presente durante todo el viaje; el uso exquisito de cuerdas, impregnan las canciones de una azulada melancolía; las voces féminas hacen todo más dulce y digerible. “Songs Of Love & Hate” (1971) es tal vez el disco más representativo de la creatividad de Leonard Cohen. Es impresionante como el compositor lleva sentimientos -bloques de ellos- a compases invisibles, que pasan con una fluidez acuática, portadores de una inocente simpleza. El disco esta dividido en amor y odio como nos presenta el titulo, el lado A (del vinilo) es el anverso del odio y el lado b, fácil, lo adivinan. Son ocho canciones -casi todas entre cinco y seis minutos- las que nos regala el cantante, en las cuales plasma su recorrido por el odio y sus distintos paisajes, hasta hacernos sentir el más puro orgasmo. El sexo está siempre latente en sus letras, y se va mezclando con el desamor y sus suspicacias acerca de la religión.
“Joan d’ Arc” nos presenta el amor de esta figura eclesiástica y divina. “Avalanche” -clásica canción en que Cohen ocupa el trémolo- muestra los dolores y espasmos del rechazo en el amor registrando magistralmente la dependencia que crea el amor en las parejas: “He empezado a desearte, yo que no tengo ambición he comenzado a preguntar por ti, yo que no tengo necesidad…”. “Sing Another Song, Boys” grabada en el festival de la isla Wight (70’) y “Last Year’s Man” son dos de los puntos más altos en la obra, la primera una ferviente canción enamorada y la segunda, por el contrario, una balada repleta de dolor, escrito en piedra.
Punto aparte merece la canción “Famous Blue Raincoat”, la cual es una carta a un amigo que impuso la infidelidad, en la relación de Cohen. La pérdida de un amor es visceral y es real, como esta canción. Leonard firma el final: “…Sinceramente L. Cohen”. La desnudez del dolor. Sencillamente perfecta.
Para oír a Leonard Cohen hay que dejarse sensibilizar y entregarse. Es difícil encontrar discos en que el autor exhiba sus temores, sus amores, sus odios de una manera tan empírica y que por consecuencia, el oyente asuma una conexión tan personal la obra. Se torna difícil escuchar este disco, tal como sentarse a conversar con tu pareja cuando sabes que algo malo va a pasar. Se sabe finalmente que vamos a llorar.














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escuchar songs of love and hate, no hace más que demostrar la tesis freudiana de que el verdadero inverso del amor es la indiferencia y no el odio como normalmente se cree, siendo este más bien un elemento imprescindible en toda relación que se dice de amantes apasionados.
Se hace claro, como tu lo planteas IL, al escuchar el album que los silencios se vuelven pesados en las relaciones amorosas.
La tesis freudiana vuelve a encontrar puerto y ejemplo.
Excelente comentario!