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Norman Jewison: cine ondero en los sesenta

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1 diciembre 2008
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Cincinnati Kid. La lucha por convertirse en The Man. La plata es lo de menos

Cincinnati Kid. La lucha por convertirse en The Man. La plata es lo de menos

“Hollywoodense” o “cine gringo” son calificativos que se suelen pronunciar arriscando la nariz. Se utilizan como opuesto al buen gusto y a la inteligencia artística. Esta costumbre –además de apestar a marxismo revenido- es una pataleta que salpica grotesca ignorancia y, por qué no decirlo, un poco de estupidez. Menospreciar una película por su argumento liviano, rápido y diálogos repletos de one-liners* sería como basurear una canción porque dan ganas de bailarla. Muchos de los nombres que han impreso sus manos en el glamoroso Paseo de la Fama son pesados argumentos para derribar ese prejuicio. Tenemos, por ejemplo, al señor Norman Jewison.

Es cierto, Hollywood, en su calidad de distribuidor masivo, ha producido bodrios que han llegado a todos los rincones del planeta aumentando así su mala fama. Pienso en títulos como Top Gun o Rocky IV, que no son sólo metrajes burdos, sino que poseen una naturaleza propagandística tan evidente que, junto con una exaltación de la raza aria norteamericana habría hecho enrojecer de vergüenza ajena a Leni Riefenstahl. Tal vez ese ají en el culo es lo que le ha conseguido al cine de Tinsel Town tanto detractor atarantado.

Los sesenta no están exentos de todo tipo de tropiezos. Dick Clarke, quien había alcanzado enorme éxito con su programa American Bandstand, probó suerte en el cine produciendo los films The Trip (1967) y Psych-Out (1968), que buscan poner los dedos en el pulso del movimiento hippie, aprovechando además que asistan en masa a pagar el boletito de entrada. Ambas tienen el tufillo propio de la mirada desde fuera. Algo así como la visión de un reaccionario buena onda, que además desliza un solapado “niño, no te drogues”. Dean Stockwell con peluca, y Jack Nicholson simulando tocar guitarra son parte del retrato que resulta caricaturesco y artificial.

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The Thomas Crown Affair. Armando el puzzle del robo… ¿Perfecto?

Norman Jewison en cambio, con lo que podríamos llamar una especie de “Trilogía Groovy” logra un brillante reflejo de todo los que se viene a la mente al pensar en esa década iluminada. Y aunque meter estas películas al mismo saco que el movimiento musical psicodélico de la época bien podría considerarse mezclar peras con manzanas, lo cierto es que ambas frutas serían producto del mismo clima y suelo: el de la juventud deliciosamente arrogante, lúcida y todopoderosa.

The Cincinnati Kid se estrena en 1965. Eric (Steve McQueen) se enfrenta a la vaca sagrada del póker Lancey Howard (interpretado por la vaca sagrada del cine americano Edward G. Robinson). Las vidas de ambos están mal apuntaladas y hacen agua por todos lados. Lancey es un perro huacho cuyos amigos han estado muriendo en masa a causa del voraz paso del tiempo. Eric es joven y atractivo, pero sostiene una distante y tediosa relación con la hogareña y campechana Christane, al tiempo que debe hacerle el quite a los embates sexuales de Melba (Ann-Margret) la deliciosa y maquiavélica esposa de su mejor amigo, Shooter (Karl Malden). Eric y Lancey flotan por sobre el submundo rasca de las apuestas, sangrientas peleas de gallo, deudas turbias y mujeres deliciosas sedientas de poder. Todo esto impulsado por el grotesco impulso masculino por competir, el cual es elevado por McQueen y Robinson al aterciopelado y pulcro universo blanco de los naipes. Sólo sobre el paño verde los egos y la inteligencia pueden al fin librar una batalla elegante.

The Thomas Crown Affair (1968). Un ambiente algo más frígido y sin sentido que el de Cincinnati, deja un gustito agrio en el paladar. Se centra por supuesto en el multimillonario Thomas Crown (McQuenn, otra vez) quien está en la cima del éxito, la satisfacción y el placer, por lo tanto, del aburrimiento, lo que lo lleva constantemente a empujar los límites de hasta dónde puede salirse con la suya sin ser encarcelado o morir. Esto es lo que dice Thomas a su compañero de golf, tras perder diez mil dólares en una apuesta imposible.

_¿Qué más se puede hacer en domingo?
Así es como perpetra el robo del siglo cuando organiza un grupete que sustrae más de dos millones y medio de dólares desde el Banco Mercantil de Boston. Vicky Anderson (Faye Dunaway) investigadora de seguros partirá en su persecución. Una dinámica gato-ratón con fuertes ribetes sexuales comenzará entre ambos. El que se enamora, pierde. El que traicione en el momento y lugar justos, será el ganador. Su escena más exquisita e indeleble es el metafórico juego de seducción al calor de una partida de ajedrez. Chispeante banda sonora a cargo de Michel Legrand, mezcla de jazz y ritmos tropicales. Se recomienda utilizar el mejor sistema de sonido, al mayor volumen posible, al igual que para la faltante de las trillizas.

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In The Heat on The Night. Dos lobos solitarios, terreno fértil para la tolerancia mutua

In The Heat of The Night irrumpe en las salas el cósmico año 1967. Sólo para que se hagan una idea de los pasos que daba el cine americano por esos tiempos, basta decir que ganó el Oscar enfrentándose a The Graduate (Mike Nichols), Bonnie & Clyde (Arthur Penn) y Guess Who’s Coming for Dinner? (Stanley Kramer). Cada película o director ataca el tema del racismo con su propio carácter. En “Guess Who’s Coming…” (para qué ir más lejos) Kramer lo abordó paternalmente, narrando un íntimo drama familiar. Samuel Fuller lo atacó sin misericordia en Shock Corridor y White Dog, considerándolo propio de animalejos rabiosos y orates. Cuando Norman Jewison se unió a la lucha, lo hizo en clave pop.

¿Qué racismo podría sobrevivir cuando la película es abierta por el vozarrón rasposo de Ray Charles, que acompasa la llegada furiosa del tren? ¿Cuando el conflicto negro versus blanco entre Sidney Poitier y Rod Steiger tiene el ritmo, gracia y tono de un dúo cómico a lo Abott y Costello? ¿Cuando el entretenido thriller policial que ambos desenredan va acompañado del sudoroso pulso musical de Quincy Jones?

“Virgil, ese es un nombre raro para un negrito que viene de Philadelphia ¿Cómo te llaman allá?” La respuesta de Virgil, seca y firme, quedó escrita en piedra, resuena hasta el día de hoy y forma parte de las más célebres frases del cine: _They call me Mister Tibbs!
Queda extendida la invitación entonces. Visiten la obra de Norman Jewison, si aún no lo han hecho. Otros títulos célebres son Jesuschrist Superstar y Hurricane
¡Bon Apetit!

*One-liners es el nombre que se le da en cine a las frases llamativas por lo inteligentes, agudas, divertidas etc. Ejemplos: “I Coulda been a Contender”; “I will make him an offer he can’t refuse”; ”I am big. Is the pictures that got small”; “Are you talkin to me?”. Por alguna razón, también es utilizado a veces como término peyorativo.

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