Billy y Lucy en el banquillo
1 diciembre 2008 1 comentario
Controversia que no se salda ni a favor ni en contra. El mejor disco de rock de la historia según muchos, una obra hipertrofiada y de envejecimiento precoz para otros: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, octavo álbum de los cuatro sonrisas más famosas del siglo pasado, ha sido objeto de una consistente operación revisionista que intenta, en el mejor de los casos, posicionarlo en un contexto más amplio y adecuado dentro del desarrollo de la música pop o, en el más sañoso, descartar la obra como un ejercicio de trucajes de mesa y rancio tufillo hippie.
Se han escrito miles de páginas sobre el confronte y las carillas no menudearán en lo venidero. De vez en cuando aparecen afortunados y refrescantes textos como el que amerita estas líneas: Vida y Milagros del Sgt. Pepper’s, Un Disco para una Época, del periodista inglés Clinton Heylin.
Curtido como enterado reportero de los avatares del mundo pop, Heylin publicó a guisa de los cuarenta años del Sargento Pimienta un libro que pondera en diversos niveles las circunstancias artísticas, sociales y culturales que produjeron la eclosión multicolor del rock durante mediados de los sesenta, con los Beatles como regentes del festejo y cómo, finalmente, Sgt. Pepper’s fue parido para convertirse en la más bella criatura del sueño lisérgico, ¿o no?
El libro de Heylin tiene al menos dos méritos. Presenta, en primer término y con documentación de primera mano, el ramillete colosal de solistas y grupos que a partir de 1965 encabezan la escena pop en una competencia extraordinaria que daría al mundo obras que cuarenta años después continúan siendo los referentes en el erigimiento del rock más trascendente. Por las trescientas y pico páginas de Vida y Milagros… desfilan las historias de Velvet Underground, The Move, The Who, Byrds, Kinks, The Mothers of Invention y otras cabezas de cartel. Hay especial énfasis en dos proyectos que, según Heylin –y casi todo melómano medianamente versado-, determinan el transcurso de la naciente psicodelia: la electrificación del santo folk Bob Dylan y la aparición de Syd Barret y Pink Floyd. Sobre el bardo de Duluth, todo apunta al punto de fuga que implicaron los conciertos eléctricos del 1966, gira que los llevó a echar abajo el Royal Albert Hall en presencia de los Beatles allá por junio de aquél año. Un punto importante de la narración de Heylin, opinión compartida por otros interesantes narradores del fenómeno pop sesentero, es que aquel recital fue un remezón de tal magnitud para el cuarteto que la decisión de dejar los escenarios y recluirse en los estudios era una consecuencia más que previsible.
Aparte, se comprueba que la psicodelia nació en los escenarios antes que en las multipistas de los estudios de grabación. A partir de 1965, The Who, Yardbirds, Dylan y los Hawks, y poco tiempo después Pink Floyd y otros célebres partenaires del club UFO, experimentaron salvajemente sobre distintos entarimados, relegando las actuaciones en vivo de los Beatles a un terreno de mediocre y adolescente insustancialidad. Esta es una razón clave en la reinvención del grupo inglés a partir del trabajo en estudios.
También, y en consonancia con una corriente de pensamiento que gana adeptos, se coloca a Paul McCartney como el auténtico beatle encargado de tirar del carro del grupo hacia la evolución musical y consolidación dentro de la escena de pop psicodélico. Mientras el hombre de Eleonor Rigby pasaba por un exultante momento de búsqueda estética y comunión vanguardista, Lennon varaba presa de la inconstancia y de los viajes en LSD sin retorno programado.
Sobre Pink Floyd y Syd Barret, se hace un muy interesante hincapié en la dialéctica entre la psicodelia como desenfrenada experiencia en vivo y su necesaria acotación dentro de los cánones de la grabación comercial. A pesar de que Arnold Layne, por ejemplo, era una exquisita canción pop, el grupo sufría las contradicciones de renunciar en cierta forma a su más pura visión musical alucinógena en pos del reconocimiento masivo.
Hay también espacio para las más que recomendables disquisiciones sobre el caso Wilson: el triunfo que significó Pet Sounds, y la amarga y patética singladura de su maldita obra maestra perdida, Smile, la cual desbarrancó en el pozo de la inseguridad, el descrédito y la fritura lisérgica.
Es el libro de Heylin un idóneo compendio de la mejor y más preparada literatura acerca del más grande momento en el desarrollo de la música rock. Recuerda, por ejemplo, aquella vitriólica reseña de Richard Goldstein, uno de los primeros críticos serios de música popular, en el Village Voice de julio de 1967: una opinión aborrecida por los defensores del Sargento y, curiosamente, reivindicada con el paso del tiempo por quienes han querido observar con mayor amplitud el fenómeno de concepción y aclamación del álbum
¿Hay más aportes substanciales? Quizá no, pero el autor tiene claro que el valor de su libro estriba en componer un mosaico que integre reflexiones que ayuden a comprender los reales aportes del célebre disco de los británicos. Puede criticarse tal vez su excesiva valoración del éxito comercial de tal o cual grupo, sobre todo si tomamos en cuenta que una porción no menor de la historia de la música popular está influida por lo que un día fueron fracasados proyectos de perdedores suicidas sin más respeto que el de tal o cual hijo de vecino; si no, basta que le pregunten a Lou Reed o Alex Chilton.
Como fuere, Vida y Milagros del Sgt. Pepper’s cumple el papel de reconquistar al converso y convocar con suficiente énfasis a quien desee abrazarse en un sueño technicolor. A propósito, A Splendid Time is Guranteed for All.
















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