Tijuana lindo y querido
17 noviembre 2008 1 comentario
Pike y sus secuaces avanzan por los terrenos sórdidos y peligrosos del México fronterizo con los Estados Unidos. Llegaron a estas tierras amerindias buscando una última oportunidad de gloria y a ajustar definitivamente las cuentas con el destino de una vida bestial. Este el marco épico de la incomparable Wild Bunch –La Pandilla Salvaje- de Sam Peckinpah.
Un viaje similar, quizá con un menor peso de violencia y definición vital, hizo en 1958, sí exactamente hace cincuenta años, Charles Mingus y un grupo de músicos barriobajeros. Embrujado por la esencia dipsomaníaca, alucinógena y mítica, Mingus pasó varias semanas de aquel año virtualmente varado en los dominios de Tijuana, ciudad septentrional mexicana.
Un viaje como éste no era flor extraña por aquel tiempo. Toda aquella cultura de hipsters, beatniks y boppers que menudeaba en los cincuenta tuvo a México como centro de operaciones para aventuras en que los excesos físicos a modo de fuente inspirativa eran alimento imprescindible.
Mingus, expresionista rabioso, estuvo cautivo de las sustancias, música y mujeres del país azteca. Regresó a Nueva York con la idea de construir un disco que resumiese el aire de un periplo revelador. Un álbum imbuido de la atemporalidad mitológica del peyote, de la agudeza embotadora del mezcal y del regusto idiosincrásico; la respuesta fue Tijuana Moods, disco particular en la discografía del mastodonte del contrabajo.
No es cuento nuevo recordar el excelente momento creativo que Charles Mingus vivió entre 1957 y 1962. Aquí fraguó sus más grandes obras, desde Ah Um, pasando por Oh Yeah y culminando con su más ambiciosa baza, The Black Saint and The Sinner Lady. Tijuana Moods se enmarcó dentro de este derrotero pero ofreciendo un giro en su lectura.
En este álbum nos encontramos con el jazz abrasador, bamboleante de blues y delirio que marcó el camino de Mingus pero con un cierto esquema de mayor soltura y gozo libertario en la interpretación. Es un álbum de alcoholismo y alucinación, similar a Tonight’s The Night –Neil Young- pero donde éste ofrece una tristeza feroz, el primero abunda en la manía de la celebración, del recuerdo de jornadas memorables en tabernas y camas tijuanescas. Las canciones Dizzy Moods y Tijuana Gift Shop reflejan este aspecto. Ambas flotan sin aguijonear demasiado en las maneras que harían de Mingus un impulsor del atonalismo y el Free Jazz; hay, en cambio, una suerte de hard bop caliente y descomedido, vicioso, rock & roll heroico y psicodélico antes que el término se acuñase en los terrenos del pop. Ejemplo cercano es Los Mariachis, un homenaje que posee el encanto de la madrugada, de una curda monumental en que se ha disfrutado del sonido melancólico de trompetas y cantos callejeros.
La joya es, qué duda cabe, Ysabel’s Table Dance. Jazz lisérgico. Once minutos en que empalman castañuelas al son de un patrón hispánico psicótico, con el destacamento de bronces barriendo el polvo de habitaciones en que la fiesta no cede y una mujer embravecida contestando las insinuaciones de un Mingus que exige más calderilla para un cocimiento de sexo y juerga mestizos. Memorable.














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Un viaje de la mano de Mingus, hacia tierras extrañas donde las cosas pierden las formas y la vida cobra sentido.
Tijuana Mood, es imprescindible…