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A la Deriva

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11 noviembre 2008
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El convulso universo de las letras estadounidenses enmudeció con el suicidio de David Foster Wallace. La escena norteamericana actual, en lo que respecta a letras, sigue siendo un hervidero de Mesías de última hora, promesas que no terminan de cuajar definitivamente y, bueno, la ansiedad agotadora por la next big thing.

Foster Wallace estuvo siempre entre los más renombrados representantes de la avanzada de literatos jóvenes. Afincado en la lectura cosmogónica de Pynchon y escuela, fue otro emprendedor de novelas monumentales, delirantes e inabarcables, como su citada pero muy probablemente poco leída La Broma Infinita.

Tal vez, sí tal vez, su legado de mayor duración se pose en sus narraciones cortas; en aquellos textos a galope del periodismo como el que justifica esta reseña: Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer.

En 1995, encargado por la revista Harper’s, David Foster Wallace se embarcó en un crucero de lujo cuyo itinerario contempló la costa occidental de México, Jamaica y otras islas del Caribe. Junto con un público compuesto en su mayoría por jubilados adictos a los cruceros y ejecutivos de mediana edad, Foster Wallace construye a partir de la supuesta insulsez de un viaje de casi aburrido placer envasado, un retrato hilarante –y no pocas veces paranoico- acerca de esa indescriptible locura y ansiedad vulgar que afecta a cierto ciudadano norteamericano.

El autor echa mano de sus reconocidos pies de página, los cuales terminan construyendo un segundo texto paralelo tan sabroso como el medular. Quizá un punto que destaca en Foster Wallace es la prescindencia del lente irónico para revisar situaciones muy factibles de ser disecadas como un ojo sardónico tópico. En cambio, lo que abunda es el desconcierto, la estupefacción frente a la interpretación a priori de propuestas de placer efectuadas por las empresas de cruceros de lujo; la ridícula forma en que todas las acciones de un individuo son de alguna manera limitadas dando paso a una forma estandarizada de disfrutar a través de la unívoca mirada que se les entrega a los turistas.

“En una semana he sido objeto de mil quinientas sonrisas profesionales. Me he quemado y he mudado la piel dos veces. He tirado al plato en el mar. ¿Es esto suficiente? En aquellos momentos no parecía suficiente. He sentido todo el peso del cielo subtropical como si fuera una manta. He saltado una docena de veces al oír el ruido tremendo, parecido a la flatulencia de los dioses, de la sirena de un crucero… he aprendido a ponerme un chaleco salvavidas encima del esmoquin y he perdido al ajedrez con una niña de nueve años”.

David Foster Wallace tejió con “Algo supuestamente divertido…” una arpillera encantadora, simple en apariencia pero resonante en diversas direcciones, en que la desafección, la paranoia, la soledad y el tedio disfrazado de real goce descansan de la mano del escritor que, sabemos ahora, sentía el pulso de la desesperación y el desacomodo hacía ya tiempo.

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