Home » Fritos de celuloide

Samuel Fuller y la dulzura del cine negro

por
28 octubre 2008
2 comentarios

Trivia cinéfila: En Minority Report, Tom Cruise vuelve de un día duro en la pega, y mientras yace sobre el sofá, al fondo, en una esquinita de su living, un vaporoso televisor del futuro muestra durante un par de segundos a Robert Ryan cociendo a balazos a un tipo que, pacíficamente, se daba un baño de tina. Esa es una película de Samuel Fuller.
En su documental “My personal Journey through American Movies”, Martin Scorsese declara a Samuel Fuller como parte de los tristemente olvidados. El director de Taxi Driver formó parte importante, junto al crítico Robert Schickel, en la batalla por situarlo en el lugar que le corresponde.
Varios kilómetros más al sur, en nuestro Chile, Fuller es parte de los con suerte nombrados. Tal vez por ahí, tiren “Schock Corridor” en el chileno-norteamericano, pero no exhibirán “Naked Kiss” en el ciclo veraniego de la UC, no veremos la copia en DVD de “Forty Guns” en el Normandie, y ciertamente no tendremos la suerte de Tom Cruise, de llegar a la casa, sacarnos los zapatos, prender la tele y darnos cuenta que Mega está pasando “House of Bamboo”.
Desde esta tribuna y con las limitantes de mi incipiente acercamiento a la obra del autor, intentaré picarle la guía, estimado lector, a ver si me acompaña un este camino fascinante de conocer la obra de uno de los autores más potentes y furiosos del cine norteamericano.
Metro de New York. Skip McCoy (Richard Widmark) delicadamente, sustrae una billetera a la exquisita Candy (Jean Peters) con tal desfachatez y jactancia, que incluso se da el lujo de intercambiar coquetas miraditas con ella. Es el inicio del film noir “Pick up on South Street” (1953). Ninguno de los dos sabe que en la billetera hay un microfilm que contiene información ultra secreta vital para la seguridad de los Estados Unidos. A partir de ese momento, tanto agentes comunistas como oficiales del FBI intentarán hacerse del objeto. Intentarán lograrlo con dinero, discursos patrióticos, sobornos y, finalmente, con violencia.
Amante del neorrealismo, pero a la vez convencido de que el director debe estar en control de todo lo que entre en su plano, Fuller filmó gran parte de la película en estudios, pero insistió en construir decorados lo más realistas posible. La historia nos lleva así a los pulsantes escondrijos y callejuelas que McCoy -al tanto del valor de su botín ahora- recorre en búsqueda de lo único que lo ha mantenido vivo desde siempre: tratar de sacar el mejor provecho de toda la situación.

Fuller prescinde de los personajes arquetípicos cuidadosamente orquestados y puestos en curso de colisión para provocar la tragedia noir. Skip no es un testosterónico tipo duro con peligrosos contactos en el hampa, sino un carismático ladrón de medio pelo, un poco sentimental, y que le hace el quite a las armas. Candy, lejos de la lúcida femme fatale, es una mujer no muy lista y dependiente emocionalmente, simplemente motivada al inicio por sus deseos de salir de una relación amorosa insatisfactoria y después por el amor que comienza a sentir por Skip. No hay relato en off de los acontecimientos, pero está Moe (fantástica, fantástica Thelma Ritter) como observadora, la vieja soplona de la policía que vende corbatas como fachada, que de tanto vivir ya camina encorvada arrastrando las patitas, y es el puente que permite a los personajes –por cincuenta dólares cada uno- encontrarse.
La fuerza inagotable y los objetivos inclaudicables que enfrentan a ambos poderes políticos durante la guerra fría casi parecen un peligroso capricho sobrenatural (como berrinche de dioses griegos) cuando son el telón de fondo para la historia de unos cuantos malvivientes que sólo tratan de mantenerse en pie. Es el homenaje de Fuller a las vidas sencillas, que forjan un código ético que nace de la experiencia cotidiana: El amor, el dolor, los anhelos y los miedos. Los cambios que se gestan en los personajes están relacionados únicamente con la experiencia humana de mirarse a los ojos varias veces al día, de oírse la voz, desearse, protegerse uno al otro, comprenderse, aceptarse y darse cuenta que, al fin y al cabo, hay gente alrededor que se preocupa por ellos.
La insoportable verborrea patriotera que sobrevuela las vidas de los ciudadanos comunes como Skip, Candy y Moe es vacua y bastante sonsa y fue la que a su vez debió enfrentar la misma película al distribuirse. Tocando un tema tan sensible, no era de extrañar que en EEUU muchos –incluído J. Edgar Hoover- la consideraran anti-americana, mientras que al otro lado del océano, luego de ser presentada en el festival de Venecia, fue duramente condenada como “panfleto anti-comunista” por el crítico francés George Sadoul (uno de los insignes pasteles de la crítica cinematográfica, junto a Pauline Kael), lo que no le impidió llevarse el León de Bronce ese año pese a la oposición del presidente del jurado: Luchino Visconti.
Samuel Fuller es el rey de la película mutilada, y Pickup… no escapa a esta condición. El doblaje francés de la época cambia la historia para que Skip intercepte un cargamento de drogas, en lugar de un peligroso microfilm (¿¿¿¿????). El final feliz de Forty Guns es impuesto a la fuerza por el productor Darryl Zanuck (usualmente, poderoso aliado defensor de las ideas originales de Fuller, hay que decirlo). La versión original de las vivencias bélicas de Fuller en The Big Red One (como Pelotón, pero sobre la Segunda Guerra Mundial) no la conoceremos nunca, pues en su momento le quitaron casi una hora a machetazos, y en 2004 se reconstruyó sólo en base a notas del director y con la ayuda de sus colaboradores.
El precio a pagar por meter el dedo en la llaga le llevó muchas veces a tener que realizar películas de bajo presupuesto. Es cuando interviene el cine B de Fuller. Sin grandes estrellas, con el vuelto del pan, y sin demasiados censores mirando por encima del hombro, alcanza el poder de un taladro industrial. Dureza y nervio cuadro a cuadro.
Pero ese es tema de otro artículo.

2 comentarios »

Deja una respuesta

Este blog utiliza Gravatar. Puedes ocuparlo registrandote en Gravatar.